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El
engaño de Venus
Benigno
Moreno Sánchez
2º de Bachillerato, IES 'Sáenz de Buruaga' (Mérida)
En
aquella época de primavera, el tiempo era fugaz. Acababa
de echar de mi corazón a un amor que siempre dudé
que hubiera entrado pero que ahí estuvo fiel en su querer,
como yo, fiel en mi responder.
Una
noche de aquellas siguientes, con Luna creciente, en la que mi
corazón se encontraba solitario, una nueva visión
entró por mi retina, era ella, esa chica inocente y rebelde
a la vez, que alguna que otra vez había visto paseando
su hermosura. De esa imagen me quedé prendido y era inexplicable
para mí el porqué de aquella situación, el
cómo esa chica había alcanzado de aquella manera
mi corazón en el mismo segundo en el que aquella estrella
fugaz pasó y nos iluminó.
La
noche se hizo tarde y durmiendo en el silencio de mi soledad,
soñé con aquella Luna, soñé todas
y cada una de las noches con aquel rostro angelical hasta que
volví a verla en aquel precioso crepúsculo en el
que la estrella fugaz que iluminó aquel instante, quedó
inmóvil, como la radiante Luna, para iluminarnos durante
mucho más tiempo. Aquella noche sucedió; su voz,
su preciosa voz, me susurró, me llamó para pedirme
su compañía en aquella noche algo fría. Mi
cuerpo sin pensarlo acurrucó al suyo, dándole todo
el calor que tenía guardado para ella. Aquella noche hicimos
poesía con nuestros cuerpos, recreamos «rimas» con el amor
que surgió de nosotros y cada brillante amanecer del sol
era el punto y seguido de nuestra pasión. Tanto ella como
yo esperábamos el ansiado momento, esperábamos impacientes
el volver a vernos, el volver a aquel poema de dos corazones bajo
la Luna, las estrellas y el lejano resplandor del sol amaneciente
en el infinito mientras se querían, se amaban, se desnudaban
mútuamente sin poner límites a aquellos corazones
que tantas ganas tenían de estar por siempre juntos...
una noche, otra... muchas noches pasaron juntos nuestros cuerpos
derrochando pasión, tomándonos de la mano y soñando
con el amor que teníamos cada uno a nuestro lado. Ninguna
noche quisimos separarnos, odiábamos aquellas solitarias
calles de vuelta a casa. Pero todas esas luces que alumbraban
nuestro camino, nos ilusionaban, nos impacientaban aún
más y pensábamos en nosotros, en lo maravillosamente
precioso que estaba pasando entre nuestros dos corazones que se
habían enamorado. Cada espera se veía recompensada;
una mirada, una caricia, un susurro, un beso, un «te quiero»...
se multiplicaban y multiplicaban inevitablemente al escondernos
bajo las estrellas. Nada cambió durante mucho tiempo, nada
menos nuestros «te quiero» y nuestros besos y nuestros susurros
y nuestras caricias y nuestras miradas que eran cada vez más
intensas y sinceras.
Estuvimos
en cientos de lugares, demostrándoles nuestro amor a todos
los silencios que escuchábamos, cientos de lugares que
nos quisieron allí de nuevo porque aquel amor que desprendían
candentes nuestros corazones hacían aún más
acogedora la iluminada noche de Luna llena.
Era
una extraña Luna llena la de aquella noche de sábado,
su luz no era tan brillante ni su resplandor tan claro, no me
di cuenta de que Venus la estaba eclipsando y tal fue la ceguera
que me causó que no vi al corazón que yo amaba sino
a un bello rostro que nada me daba.
Aquella
complicidad bajo las infinitas estrellas se acabó, aquella
pasión de nuestros cuerpos se cercenó y surgió
la duda y la confusión por la ceguera que aquel eclipse
me había causado en el corazón. La duda y la confusión
y la ceguera de mi corazón me hicieron creer que Venus
era mi amor, era quien ocupaba mi corazón pero las miradas
y las caricias y los susurros y los besos y aquellos «te quiero»
que yo había sentido antes no los sentía ya de la
misma manera con aquella Venus que con su belleza me había
engañado y había ocupado el lugar de la Luna a mi
lado.
Lentamente
comenzó a pasar el eclipse, lentamente comencé a
ver la luz, lentamente vi de nuevo la claridad, lentamente recuperé
a mi corazón de aquella maldita ceguera que la traicionera
belleza de Venus me había estado causando y me había
apartado de mi pasión, de mi devoción, de mi amor;
de aquel corazón que yo amaba y que casi cometo el error
de olvidar por el eclipse que causó Venus a la Luna.
Luna
que tiene brillo y la hermosura de la chica que ocupaba y ocupa
todo el amor de mi corazón y que amo, como un loco, con
pasión. ilyi.
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Díselo
tú
Golondrina,
tú que vuelas tan alto
acércate
a hablar con Dios,
y
pregúntale por mi amigo
ése
a quien Él se llevó.
Dile
que te deje verlo
Pídeselo
¡por favor!
que
necesitas decirle
aquello
que no pude yo.
Dale
las gracias por todo
por
su amistad y su amor
por
aquellos consejos tan dulces
por
su sonrisa, su voz...
por
saber estar siempre a mi lado
y
saberme escuchar sin rencor,
por
tenderme sus manos abiertas
y
por ser todo corazón.
No
tengas miedo de nada
golondrina
de mi amor
recuerda
que él es ese amigo
de
quien tanto te hablé yo.
Dile
que sigo adelante
aunque
a veces me cuesta vivir
se
lo debo a un gran amigo,
a
él, que aún hoy vela por mí.
Dile
que nunca le olvido
que
para mí no murió
que
vive siempre en mi recuerdo
muy
dentro de mi corazón.
Al
despedirte de él,
pajarillo,
¡por favor!
déjale
un beso en la frente
sabrá
que se lo envío yo.
Y
cuando vayas a regresar
dale
mil gracias a Dios
y
dile que cuide de él
hasta
que vaya yo.
Jesús
Barquilla
Alumno
de 4º de ESO del IES ‘Francisco de Orellana’ de Trujillo
(publicada en la revista escolar del centro, ‘La Gaceta
de Orellana’
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