Mayo de 2004
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El engaño de Venus

Benigno Moreno Sánchez
2º de Bachillerato, IES 'Sáenz de Buruaga' (Mérida)

En aquella época de primavera, el tiempo era fugaz. Acababa de echar de mi corazón a un amor que siempre dudé que hubiera entrado pero que ahí estuvo fiel en su querer, como yo, fiel en mi responder.
 
Una noche de aquellas siguientes, con Luna creciente, en la que mi corazón se encontraba solitario, una nueva visión entró por mi retina, era ella, esa chica inocente y rebelde a la vez, que alguna que otra vez había visto paseando su hermosura. De esa imagen me quedé prendido y era inexplicable para mí el porqué de aquella situación, el cómo esa chica había alcanzado de aquella manera mi corazón en el mismo segundo en el que aquella estrella fugaz pasó y nos iluminó.
 
La noche se hizo tarde y durmiendo en el silencio de mi soledad, soñé con aquella Luna, soñé todas y cada una de las noches con aquel rostro angelical hasta que volví a verla en aquel precioso crepúsculo en el que la estrella fugaz que iluminó aquel instante, quedó inmóvil, como la radiante Luna, para iluminarnos durante mucho más tiempo. Aquella noche sucedió; su voz, su preciosa voz, me susurró, me llamó para pedirme su compañía en aquella noche algo fría. Mi cuerpo sin pensarlo acurrucó al suyo, dándole todo el calor que tenía guardado para ella. Aquella noche hicimos poesía con nuestros cuerpos, recreamos «rimas» con el amor que surgió de nosotros y cada brillante amanecer del sol era el punto y seguido de nuestra pasión. Tanto ella como yo esperábamos el ansiado momento, esperábamos impacientes el volver a vernos, el volver a aquel poema de dos corazones bajo la Luna, las estrellas y el lejano resplandor del sol amaneciente en el infinito mientras se querían, se amaban, se desnudaban mútuamente sin poner límites a aquellos corazones que tantas ganas tenían de estar por siempre juntos... una noche, otra... muchas noches pasaron juntos nuestros cuerpos derrochando pasión, tomándonos de la mano y soñando con el amor que teníamos cada uno a nuestro lado. Ninguna noche quisimos separarnos, odiábamos aquellas solitarias calles de vuelta a casa. Pero todas esas luces que alumbraban nuestro camino, nos ilusionaban, nos impacientaban aún más y pensábamos en nosotros, en lo maravillosamente precioso que estaba pasando entre nuestros dos corazones que se habían enamorado. Cada espera se veía recompensada; una mirada, una caricia, un susurro, un beso, un «te quiero»... se multiplicaban y multiplicaban inevitablemente al escondernos bajo las estrellas. Nada cambió durante mucho tiempo, nada menos nuestros «te quiero» y nuestros besos y nuestros susurros y nuestras caricias y nuestras miradas que eran cada vez más intensas y sinceras.
 
Estuvimos en cientos de lugares, demostrándoles nuestro amor a todos los silencios que escuchábamos, cientos de lugares que nos quisieron allí de nuevo porque aquel amor que desprendían candentes nuestros corazones hacían aún más acogedora la iluminada noche de Luna llena.
 
Era una extraña Luna llena la de aquella noche de sábado, su luz no era tan brillante ni su resplandor tan claro, no me di cuenta de que Venus la estaba eclipsando y tal fue la ceguera que me causó que no vi al corazón que yo amaba sino a un bello rostro que nada me daba.
 
Aquella complicidad bajo las infinitas estrellas se acabó, aquella pasión de nuestros cuerpos se cercenó y surgió la duda y la confusión por la ceguera que aquel eclipse me había causado en el corazón. La duda y la confusión y la ceguera de mi corazón me hicieron creer que Venus era mi amor, era quien ocupaba mi corazón pero las miradas y las caricias y los susurros y los besos y aquellos «te quiero» que yo había sentido antes no los sentía ya de la misma manera con aquella Venus que con su belleza me había engañado y había ocupado el lugar de la Luna a mi lado.
 
Lentamente comenzó a pasar el eclipse, lentamente comencé a ver la luz, lentamente vi de nuevo la claridad, lentamente recuperé a mi corazón de aquella maldita ceguera que la traicionera belleza de Venus me había estado causando y me había apartado de mi pasión, de mi devoción, de mi amor; de aquel corazón que yo amaba y que casi cometo el error de olvidar por el eclipse que causó Venus a la Luna.
 
Luna que tiene brillo y la hermosura de la chica que ocupaba y ocupa todo el amor de mi corazón y que amo, como un loco, con pasión. ilyi.
         

POESÍA

 

Díselo tú

Golondrina, tú que vuelas tan alto
acércate a hablar con Dios,
y pregúntale por mi amigo
ése a quien Él se llevó.

Dile que te deje verlo
Pídeselo ¡por favor!
que necesitas decirle
aquello que no pude yo.

Dale las gracias por todo
por su amistad y su amor
por aquellos consejos tan dulces
por su sonrisa, su voz...
por saber estar siempre a mi lado
y saberme escuchar sin rencor,
por tenderme sus manos abiertas
y por ser todo corazón.

No tengas miedo de nada
golondrina de mi amor
recuerda que él es ese amigo
de quien tanto te hablé yo.

Dile que sigo adelante
aunque a veces me cuesta vivir
se lo debo a un gran amigo,
a él, que aún hoy vela por mí.

Dile que nunca le olvido
que para mí no murió
que vive siempre en mi recuerdo
muy dentro de mi corazón.

Al despedirte de él,
pajarillo, ¡por favor!
déjale un beso en la frente
sabrá que se lo envío yo.

Y cuando vayas a regresar
dale mil gracias a Dios
y dile que cuide de él
hasta que vaya yo.

 

Jesús Barquilla
Alumno de 4º de ESO del IES ‘Francisco de Orellana’ de Trujillo
(publicada en la revista escolar del centro, ‘La Gaceta de Orellana’