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“Hay grandes hombres que hacen a todos los demás sentirse pequeños. Pero la verdadera grandeza consiste en hacer que todos se sientan grandes.”

Charles Dickens (1812-1870) Escritor británico

InicioTestimonios de una vidaAño 2017Eloy Alberto Manchón Custodio

Eloy Alberto Manchón Custodio

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He sido maestro de Primaria durante 39 años y he sobrevivido.

Mentiría si dijera que he sido un maestro vocacional. Hasta que ingresé en la Normal de Magisterio de Badajoz allá por el año 1974, con los 17 aún no cumplidos, ni siquiera me imaginaba en labores docentes. Mis ensoñaciones intelectuales iban por otros derroteros. Me imaginaba como filósofo barbado, un Platón moderno, por lo bien que se me daba la materia y la influencia de algún excelente profesor; o en su defecto, como filólogo-arqueólogo, también barbado, que lograba tras arduos esfuerzos e investigaciones descifrar el idioma ancestral y primigenio de la humanidad ¡Nada más y nada menos!

De todo ello no me quedó más que la barba que, ya completamente blanca, me sigue acompañando. Lo demás, como casi todos los sueños, se esfumó; aunque esos "amores juveniles" no me abandonaron nunca. Influencias familiares y atisbos de madurez me hicieron "descender a tierra" y emprender los estudios de magisterio como podía haber emprendido cualquiera otros, sin una "llamada" especial que impulsase mi voluntad.

Todo empezó a cambiar en mis primeras prácticas, en la Aneja ("¡Pues no está nada mal todo esto!"), y siguió cambiando, en el mismo sentido, en los siguientes contactos con las aulas y sus ocupantes.

Luego todo se fue precipitando: fin de los estudios, un par de interinidades -sustituciones por sendos embarazos- en mi pueblo, Calzadilla de los Barros, y en Fuente del Maestre, el servicio militar coincidente en el tiempo con la consecución del Acceso Directo, aquel antiguo, limitado y controvertido sistema de acceso al cuerpo que me eximió del amargo trance de la oposición; y tras la mili, mi primer destino, en Feria, donde puedo afirmar que realmente "le cogí el gusto" a la profesión y me empecé a sentir de verdad maestro con plenitud y entusiasmo, hasta el punto de llegar a manifestarle alguna vez a mi mujer (entonces novia): "¡Qué ganas tengo de que termine el verano y empiece el curso!" (Juro que es verdad... Era muy jovencito...).

La vida siguió discurriendo rápida, rápida: matrimonio, concurso de traslados y breve experiencia andaluza, ya como propietario definitivo, en Las Cabezas de San Juan, de feliz recuerdo; y vuelta a Extremadura, a mi segundo destino extremeño, el C.P. "Santísimo Cristo del Arco Toral" de Hinojosa del Valle (alguna que otra vez al telefonear a la Delegación Provincial y decir "llamo del Colegio...", escuchaba al otro lado de la línea, en voz pretendidamente baja pero perfectamente audible, "¡Coooño, el nombrecito!" ¡Con razón!). Allí empecé a desplegar "veteranía docente" y fui feliz. Llegó mi primer hijo y "me tocó la china" de la dirección, que, a pesar de mi inicial desagrado, desempeñé lo mejor que pude y creo que cumpliendo como los buenos.

Y por fin, otro concurso de traslados y llegada a mi querido y definitivo "Colegio Alcalde Juan Blanco" de Los Santos de Maimona, mi pueblo de adopción y residencia. Han sido en él largos los años de trabajo, no tanto docente como de gestión -secretaría- (es fácil entrar en equipos directivos pero muy difícil abandonarlos), que se prolongaron hasta el final de mi vida profesional.

Y así discurrió todo... Me hubiera gustado más dosis docente y menos gestora, pero de nada me quejo y de nada me arrepiento. He sido demasiado tiempo un "maestro-oficina" como me llamaban algunos alumnos de Infantil de mi "Juan Blanco", que así me saludaban, uno a uno, al pasar ante la puerta del despacho, obligándome a contestarles, también uno a uno y con pequeñas variaciones: "Hola, chiquitina; hola, chavalote; hola, preciosa; hola, tío grande..." Nunca estuve demasiado lejos de los alumnos, incluso de los que no fueron los míos como los más pequeños; ni de sus quehaceres, ilusiones, preocupaciones, y pequeñas penas y alegrías (alguna vez, incluso, algún comercial de editorial me sorprendió en el despacho, canturreando sotto voce aquello de "estando la pastora laralaralarito", que inmediatamente antes había escuchado a los peques, justo en el punto en el que "el gato la miraba con ojos golositos").

Sí, siempre estuve cerca de los alumnos y de sus familias. Tuve una espléndida relación con ellas, con mis compañeros, con la administración educativa y sus representantes. Todo me ha resultado globalmente fácil y satisfactorio y he sido esencialmente feliz durante mi larga vida profesional. Aquella inicial "debilidad vocacional" se convirtió progresiva pero clarísimamente en un amor incondicional a este trabajo que considero uno de los más nobles y altruistas que existen. Lo desempeñé con entrega, dedicación y honradez; y ahora, ya jubilado, me siento satisfecho, honrado y orgulloso de haber sido una de las mejores cosas que se pueden ser, MAESTRO.

                                                                                                                                        Eloy Alberto Manchón Custodio. Febrero 2019.

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